| El mal Estado 10/11/08
La Argentina necesita más Estado, pero no parece que sea éste –más de éste no es una solución, es una pesadilla–. Un día recibís el aviso tan temido, y te entran los temblores. El aviso te pone entre la espada y la pared, te obliga a deformar la pregunta hamletiana: ¿voy o no voy? Puede parecer –y es– una decisión banal, pero te va a costar horas de tu vida, y ése sí que es un recurso no renovable. El aviso sólo te da dos datos: la dirección perfectamente disuasoria –Antártida y Letonia, nada menos– y el peso del paquete. No te dice, por supuesto, quién lo manda ni qué puede contener ni ningún otro dato que te ayude a elegir. Y en general caés en la trampa, porque estás esperando un envío y no tenés más remedio, o porque sos curioso y querés ver qué es, o, simplemente, porque es raro y difícil y maleducado renunciar a algo que alguien quiso darte.
Entonces hacés de tripas corazón, juntás coraje, apretás los dientes y los labios, te decís al ataque mis valientes y, valiente, vas. No es fácil llegar: el galpón está en ese sitio desolado que el nombre de sus calles anticipa –¡Antártida y Letonia!–, separado de Retiro por ríos de camiones. No es fácil llegar pero al final llegás: el galpón de encomiendas internacionales de Correos Argentinos es grande y feo y tiene cuatro ventiladores; uno incluso funciona. El galpón también tiene un baño estilo riachuelo postsunami y unos bancos más o menos rotos que no alcanzan para la marea humana. Como no alcanzan, ni de lejos, los tres empleados que atienden las tres cajas. Así que sacás número y esperás una hora o dos, mayormente parado; entonces te preguntás qué estás haciendo ahí, tratás de contenerte, te resignás a dedicarle todo ese tiempo de tu vida a esperar un paquete. Hasta que te llaman y te cobran el almacenamiento y te mandan a esperar otra llamada otra hora o dos en la sala de al lado, donde las sillas son casi suficientes. Y entonces te sentás, te preguntás qué estás haciendo ahí, tratás de contenerte, te resignás a dedicarle todo ese tiempo de tu vida.
–¿Disculpe, usted sabe si me van a revisar mucho? Pregunta un sesentón a una empleada jovencita.
–No creo, señor. ¿Por qué tendrían que revisarlo?
–No, a mí no, a mi paquete.
En el galpón de Letonia somos muchos, la mayoría más o menos pobres: jóvenes, desocupados, mujeres, cadetes, inmigrantes, un monje budista, una monja católica: los desgraciados que aceptamos perder horas esperando un atado de ropa, un remedio que sólo se consigue afuera, una caja de libros. Personas acostumbradas a soportar, parece, a someterse: personas que perdimos hace mucho esa mínima dignidad de decir ustedes no pueden hacer con mi vida, con mi tiempo, lo que se les cante. No decimos esas cosas, o las decimos en voz baja, y esperamos.
–¿Falta mucho todavía, señor?
Pregunta una madre con niño morochita a un empleado con mucha antigüedad.
–¿Y cómo quiere que yo sepa, mamita?
El galpón donde Correos Argentinos entrega las encomiendas internacionales era así cuando el dueño era Macri, y sigue siendo así. Sólo que ahora, administrado por el Estado, se convierte en un ejemplo de la forma en que este Estado trata a sus ciudadanos; allí sucede, con menos drama, lo mismo que se repite cada día en cada institución estatal: hospitales, cajas de jubilación, centros de documentación y todo el resto. Es el tipo de servicio público que hizo que millones pidieran por favor las privatizaciones y es, sobre todo, una muestra clara de la relación entre este Estado y sus ciudadanos.
¿Por qué los que manejan el Estado –los gobiernos, este gobierno– se creen que puede tratarnos así? ¿Realmente supimos convencerlos? Es malo que los funcionarios roben, trampeen, engañen, usen recursos para sí mismos, pero al menos lo hacen por egoísmo, para enriquecerse, para juntar o conservar poder. El maltrato es peor porque sólo lo hacen por desdén: es la medida del desprecio que tienen por aquellos a quienes deberían servir y cuidar –sus ciudadanos– y por lo único que realmente tenemos: nuestro tiempo, nuestras vidas.
Sigue siendo el mismo debate: la Argentina necesita más Estado pero no parece que sea éste –más de éste no es una solución, es una pesadilla–. Escenas como esas horas de espera en el galpón son una versión muy menor, cotidiana, de lo que hacen el Estado y su gobierno cuando se dedican a ir zafando en un país donde el hambre y las enfermedades curables siguen haciendo estragos. El mismo desprecio por sus ciudadanos: a nosotros, aquí, sólo nos roban unas horas; a ellos los dejan sin ninguna. Un gobierno que acepta gobernar sin ocuparse antes que nada, por encima de todo, del hambre y las enfermedades curables –de la supervivencia de sus ciudadanos más débiles– debería escaparse corriendo. O, si no, aceptar que está ahí –desde hace años– para conseguir que el hambre dure.
Y seguir disfrutando de que los idiotas que los necesitamos menos tengamos que entregarles dos o tres o cuatro horas cada vez que queremos buscar un paquetito: así nos disciplinan. Puede parecer banal, pero no es. En el hospital es drama e impotencia; aquí es puro desprecio, un desprecio más puro. Cuando un Estado trata así a sus ciudadanos les está enseñando una forma de relación en que la sumisión es la única moneda, y eso funciona durante cierto tiempo. Cuando un Estado desprecia así a sus ciudadanos no puede esperar que sus ciudadanos no lo desprecien o detesten, y no desprecien o detesten a los que lo manejan. Y alguna vez, tarde o temprano, terminan por hacérselo notar, y por cobrárselo. Si lo hacen para eso, si están aplicando la vieja táctica izquierdista de agudizar las contradicciones para soliviantar al pueblo, puede que les funcione. Si no, muchachos, la están pifiando fiero.
Martín Caparrós.